martes, 30 de junio de 2020

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL

Ha llegado el tiempo de baño. 
Desde hace unos años vamos a la piscina municipal. 
O al Cabriel, el río fronterizo entre la Comunidad Valencia y Castilla- La Mancha, que baja siempre limpio y frío.
El río, la rambla, donde nos bañábamos de pequeños, la que da nombre a la comarca, es un lugar insalubre. 
Cuando paso cerca, camino de mi huerta, desvío la mirada hacia la derecha. Al final de una cuesta está el antiguo lavadero. Viejo, derrotado por el tiempo, como un animal tras una cacería. Del edificio quedan las paredes y parte del techo de tejas. El interior estaba anegado de barro la última vez que lo vi.
Quedan las pilas de lavar, desgastadas por el uso y las tablas de piedra. Quizás ahora ni siquiera eso. Una vecina quiso, soñó, que pudiera ser reconstruido. Pero es imposible. Hay construcciones que recuerdan los años duros, la pobreza y es preferible dejarlos así. Nadie parece enorgullecerse de ello.
Esa cuesta la subía en verano con mis primas. Mis tías, las primas hermanas de mi madre, lo hacían a diario, hiciera frío o calor.
Mientras las madres lavaban, nosotras nos bañábamos en el agua clara, donde nos refrescábamos del intenso calor seco del verano del interior de la península.
El ascenso por aquella cuesta se hacía pesado. En pocos pasos, el fresco recogido en el cuerpo se transformaba en sudor. Las mujeres cargaban con la ropa limpia. En la mula, creo recordar, cargaban los botijos y los cántaros en los serones. 


Más alejado del pueblo, siguiendo el cauce de la rambla, llegábamos a unas pozas (tollos) en medio de la montaña. Entonces había unas pequeñas cascadas. Más adelante, un molino antiguo, también derruido
A los lados de la cuesta, antes de entrar al pueblo, había eras. 
Nada se parece ahora a aquello. El progreso, dicen. 
La rambla es un sitio lleno de mosquitos. Un cañaveral donde anidan, dicen, unos pocos animales acuáticos. En verano, hiede. 
Todos los residuos humanos y agrícolas van a parar a ese pequeño cauce.
En los márgenes hay cascotes de obras, sacos, de tierra, desperdicios que el viento trae y lleva.
La rambla se ha convertido en una depuradora. A la espera de las lluvias y que una avenida arrastre consigo lo que el ser humano trastoca.
Tenemos una hermosa piscina. 
Con cloro y depuradora. 
La felicidad.




miércoles, 24 de junio de 2020

DIARIO DE UNA ESCRITORA (cada vez menos) RURAL.


Echo de menos a la Eulalia, la pregonera. 
La Eulalia era una mujer menuda, recogida sobre sí misma, vestida de negro, hasta el pañuelo que tapaba sus canas. Cuando había pregón, se situaba en las esquinas de varias calles, en la plaza, a la puerta de la iglesia, hacía sonar la trompetilla y salíamos a escuchar lo que tenía que anunciarnos.
La Eulalia murió hace muchos años. El progreso la sustituyó por altavoces repartidos por la aldea. Es más acertado decir: mal repartidos.
Desde el centro social se emite el mensaje, precedido de una sintonía que se repite tres veces, que lee una mujer del pueblo.
Hay dos sintonías ya consolidadas. 
Si se trata de un fallecimiento, suena José Manuel Soto (sí, el mismo, ese que se salta el confinamiento cuando le sale de los cataplines)
Si tenemos mercado ambulante, ya sea fruta, melones, sandías, patatas o bragas de dos euros, nos avisan a través de Estopa.
Echo de menos a la Eulalia porque se le entendía mucho más que a la pregonera actual. Hoy no nos hemos enterado muy bien de lo que ha dicho. No sabemos si ha cesado el hornero o se ha muerto. El caso es que no había pan.
La mujer vocaliza mal, lee sin ganas, sin énfasis, en un tono plano y nasal que hace que sus palabras desaparezcan en las vibraciones de los altavoces.
El hornero no se ha muerto. Quizás lo han cesado. 
El lunes vino la Guardia Civil a por él. Comentan que acusado por su mujer de malos tratos.
Y luego dicen que aquí nunca pasa nada.


domingo, 14 de junio de 2020

DIARIO (ABANDONADO) DE UNA ESCRITORA RURAL


Me preguntan, ¿cuándo vuelves a Valencia?
Se extrañan de mi respuesta: No lo sé, no tengo ganas.
Sé que mucha gente no lo entiende. ¿Cómo es posible que prefiera vivir en una aldea que en la ciudad?
En un lugar donde no hay nada, donde nunca pasa nada (y no lo digo por mi novela)
Y yo les digo que están equivocados. Allá donde hay gente, siempre ocurre algo.
Hemos tenido un confinamiento tranquilo. Todos o casi todos, hemos respetado las normas, las instrucciones, las distancias físicas. La parte social ha sido compensada por las redes sociales, por las colas para entrar en el supermercado, en la carnicería o en la farmacia. En esos momentos llegaban las conversaciones, los estados de ánimo, los chascarrillos, las ganas de hablar.
En algún momento añoré tener un perro. Era la excusa perfecta para salir a pasear. Curiosamente, en un pueblo como este, a los perros se les abre la puerta de la casa y cagan y mean donde se les antoja. A veces, debajo de mi ventana.
Alguna vez nos hemos escapado. Hemos salido por una senda hasta el montecillo cercano. En silencio, como delincuentes, escondiéndonos detrás de las matas al escuchar el sonido de un coche. Pocas veces, en realidad.
Cuando paro de teclear, giro la vista hacia mi derecha y veo el monte. Está verde, mucho, más que otros años. Quizás haya sido la ausencia de huellas humanas o la lluvia de abril. También veo dos moscas, habitantes insistentes de este inicio de calor. Veo las nubes, el cielo azul. Los buitres cuando sobrevuelan a tanta altura estos cielos sin aviones.
Esta es la parte poética. 
¿No echas de menos ir al cine, al teatro, a las presentaciones de libros?
Nos olvidamos de que existen las carreteras, los coches, los autobuses.  Y que las distancias no son insalvables. Que vivir en una aldea no significa aislarse del mundo. Ya no. 
Aquí también hay material para escribir. Ver pasar a un chaval en bicicleta, con un pozal colgando del manillar, oliendo a oveja y con el móvil en una mano escuchando a Joselito a todo trapo, no tiene precio.


viernes, 29 de noviembre de 2019

PARA EL BIC NARANJA - Los viernes creativos



LOS PELIGROS DEL CHOCOLATE


Frederich von Nestle tenía una capacidad absoluta para el ensimismamiento. De ahí que afirmaran que tenía la cabeza llena de pájaros. De hecho, cuando Frederich reía el sonido que emitía se asemejaba al piar del pájaro carpintero. Intrigado por esta afirmación, marchó a Austria a estudiar con el insigne profesor Freud. Y, para su sorpresa, éste confirmó esta teoría.
Terminados sus estudios de neurología y psicoanálisis, regresó a Suiza. Allí instruyó a su propio equipo para que le realizaran, con la anestesia necesaria, una trepanación. Nada más levantar la tapa de los sesos, observaron una capa de nubes alpinas de las cuales salieron volando tres pájaros exóticos, o eso pensaron los suizos. Decir exótico y suizo es un oxímoron.
Frederich, obviamente, no resistió la operación. Sin embargo, uno de sus alumnos, más espabilado que el resto, como buen suizo, prefirió dedicarse a los negocios del cacao. De ahí, el peligro que conlleva chocolatear en exceso la leche.



lunes, 21 de octubre de 2019

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL (IV o V o XVII)



No hace mucho, una amiga me comentaba que mi pasión al hablar de los pinos, del monte, de la huerta o de mis recuerdos infantiles, no era una impostura de fin de semana, como esas gentes que hablan de las bondades del mundo rural por haber pasado unos días en una casa con encanto, haber visto cuatro ovejas, dos vacas y regresar con el cuerpo comido por los mosquitos.

Nadie duda de la importancia de mantener nuestras raíces, lo vemos constantemente en estos últimos días. Como también hay quienes renuncian a ellas. Tan válido es una postura como la contraria. 
Todo tiene ventajas e inconvenientes. Pero si me dan a elegir entre la ciudad y el campo, lo tengo bastante claro.
Provengo, como tantos y tantos españoles, de una familia nacida en una aldea, en un pueblo, en un lugar apartado de las ciudades. De una familia que emigró para poder sobrevivir porque el campo no les daba de comer.
Emigró mi abuela y sus hermanas. Marcharon a Valencia a trabajar, a servir, que era para lo que eran contratadas las muchachas de campo, la mayoría de ellas sin saber leer o escribir. Años después lo hizo la madre. 
En la ciudad nació mi madre. Y nací yo.
Pero nunca abandonamos (excepto mi bisabuela, que todavía le sabía a pan negro y hambre los recuerdos de su aldea) el lugar que las vio nacer o crecer.
Yo no he vivido, ni vivo, de los trabajos del campo excepto por placer. Quizás, si mi familia hubiera dejado tierras, el asunto hubiera sido diferente y hoy sabría llevar un tractor, o no. Y tendría viñas y hacienda.
Los pueblos se fueron vaciando hace décadas y pocas cosas se han hecho al respecto. 
En este mío no tenemos Ayuntamiento. Es una pedanía y, como tal, dependemos de una población más grande. Pagamos los correspondientes impuestos pero apenas recibimos compensación. El alcalde pedáneo se elige por votación popular. Este año casi la lían.
Sé que a mucha gente el ambiente de una aldea, donde todos nos conocemos, donde la mitad es familia de una cuarta parte y el resto de la otra, puede resultar agobiante. No digo que no. 
La diferencia es que aquí te saludan, te comentan, te preguntan. Y de ti depende lo que quieras contar o comentar o responder. En la ciudad recurrimos al estado del tiempo cuando subimos en el ascensor con un vecino al que puede que ni siquiera conozcamos.
Cuando hicimos el seguro de la casa nos preguntaron si teníamos alarma. Sí, el vecino de enfrente, les respondimos.


domingo, 18 de agosto de 2019

PRIMER PREMIO CONCURSO MICRORRELATOS ASOCIACION FELIX DE MARTINO






Veinticuatro de junio
Autora: Elena Casero Viana


Si les preguntas no te responderán. Puede que percibas un cambio mínimo en su gesto, una ligera dilatación en las pupilas, un rictus en la comisura de los labios. Como mucho.
Si insistes, negarán con vehemencia que ese día que tú dices, a la misma hora, cada año, desde que la memoria es memoria, la aldea se sumerge en un silencio ensordecedor que ni los perros se atreven a romper. No te dirán que se recluyen en las casas a las ocho en punto. Que cierran los postigos y taponan cualquier resquicio en las paredes. Que acuestan a los niños en las camas de sus padres. Que una niebla pegajosa baja de la montaña y alarga su sombra por las calles. Te dirán que mientes si afirmas que una leyenda habla de una mujer, o de una niña, nadie lo sabe con seguridad. Se reirán en tu cara, te tomarán por loco pero distinguirás el miedo, una vibración entre las sílabas que confirmará tu presentimiento.
Y ante tu mirada incrédula te asegurarán que nadie, nadie en la aldea cree en las leyendas ni en las supersticiones.









Asociación Félix de Martino.

sábado, 27 de julio de 2019

MICRORRELATOS PUBLICADOS EN INFOLIBRE

LIEBRE POR GATO - LOS DIABLOS AZULES INFOLIBRE



Teorema de la vida

Dos saleros. Dos servilletas. Una foto romántica.
Un calcetín desparejado. Un yogur caducado. Una patata grillada. Una camisa con una mancha de carmín.
Un plato de plástico en el fregadero.
Una botella de leche caducada.
Un calzoncillo en un rincón del dormitorio.
Un marco de fotos vacío
La pátina de polvo sobre el piano
La música del silencio




Acompañando a los conquistadores que llegaron a las tierras que más tarde conocimos como América, iban unos hombres rudos con faldas largas.
Éstos, horrorizados por el comportamiento de los nativos, les conminaron con amenazas a que desistieran de realizar ofrendas humanas a sus dioses y las cambiaran por rezos al único dios que existía, ese hombre crucificado que llevaban colgando sobre su pecho.
Los indios, cansados de tantos sermones en una lengua áspera y desconocida, se reunieron en consejo. Tras largas deliberaciones invitaron a los hombres rudos a una ceremonia. Estos, convencidos de su victoria moral sobre los infieles, aceptaron.


sábado, 4 de mayo de 2019

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL . Capítulo IV


Lo que se ve desde mi ventana no es la mejor vista del paisaje, apenas un pedazo de monte, algunos tejados y los cables de la luz o del teléfono. Sin embargo, no la cambio por la que tengo desde mi escritorio en la ciudad. Ventanas, solo ventanas, ropa tendida, persianas que suben y bajan, mi vecino "pecho lobo" o el que sale a tender en pelotas, que me da mucho asquito (si, al menos, se pareciera a Brad Pitt) y allá arriba, recogido entre las paredes de la finca, un trocito de cielo azul.

Si miro hacia la derecha de esta ventana ya no puedo ver el monte. 
En las zonas rurales, excepto aquellas poblaciones que están consideradas como bien cultural, las construcciones alcanzan un nivel de despropósito inimaginable. Los pueblos son feos. Es cierto que hay casas con una cierta antigüedad que son bonitas, no me gusta este término, pero no se me ocurre otro. Las casas están bien cuidadas, mantienen un cierto señorío y están pintadas de distintos colores. Pero, siempre hay un pero, porque existen otras cuya cara visible es el cemento. El color gris, las grietas de las paredes, las persianas desdentadas, el descuido, las puertas metálicas en lugar de las de madera. 
Las casas, como en muchas aldeas, dan a dos calles. La parte trasera suele ser la cochera, como le llaman aquí al garaje. El lugar donde se guardan los tractores o los vehículos. Y la parte delantera la entrada principal. Así se suele establecer una norma en la construcción. Pero, regresamos al pero, siempre hay quien prefiere guardar su propia estética. Recurrir a la arbitrariedad.




En la parte trasera de mi casa, justo al lado construyeron un casoplón, enorme, antiestético, provocador, la manifestación del que quiere o necesita aparentar, se tenga posibles o no. El casoplón sigue ahí, impertérrito, vacío, agrietado, de color cemento, con los ojos hacia el monte y la boca cerrada por una puerta metálica. Desaparece el sol en invierno, las plantas languidecen y la humedad se convierte en una lengua sucia por las paredes. 
Quizás sea también esto el progreso, nada diferente a lo que sucede en las ciudades. La diferencia es que aquí somos menos, nos conocemos, nos hablamos, la mitad es familia de la otra mitad, o de un cuarto. Comparten apellidos e historia. Y de todo ello surgen las rencillas.
Vivir en una comunidad pequeña tiene sus ventajas e inconvenientes. La idea bucólica del campo ha quedado desfasada.
Sin embargo, disfruto de la conversación con los vecinos, del trueque: uno arregla algo, otro te regala media docena de huevos, dos chorizos. Uno reparte la cosecha de habas con la vecina y ella te corresponde con un pastel o un bote de miel de sus panales. 




martes, 16 de abril de 2019

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL - Capítulo III

Cinco días lloviendo sin cesar, con trellat (conocimiento) como decimos en València. Y hacía falta. Se veían los campos resecos, la tierra  cuarteada por falta de humedad. Este agua servirá para limpiar la rambla que viene demasiado olorosa por el calor y otras cosas.

La rambla, cuando yo era pequeña, llevaba agua fresca y limpia. Chapoteábamos como unas locas y mi tía nos decía que nos nos bañáramos tanto que nos íbamos a regalar. 

"Regalarse" . dícese cuando te bañas mucho, mucho y te arrugas y parece que se te va a caer la piel o, en su defecto, te vas a quedar en los huesos. Diccionario rural.

Lo cierto es que no le hacíamos mucho caso y seguíamos metidas en el agua mientras las madres lavaban la ropa en el lavadero, y conversaban de sus cosas y de los chismes del pueblo y de las necesidades de cada momento. Al terminar, llenaban de agua los cántaros y los botijos y los metían dentro de las albardas del mulo. Nosotras llenábamos nuestras memorias de recuerdos y de risas.
Lo pero era subir la empinada cuesta. El frescor del agua en la piel desaparecía a los pocos minutos de comenzar a caminar y volvíamos a desear meternos en la rambla. A los lados del camino había eras. Ahora hay vallados llenos de cosas inútiles, desde mi punto de vista, por supuesto. Almacenes de coches viejos, restos de cascotes de construcción en los márgenes de la rambla. 

Un día llegó el agua potable, sería sobre los años setenta, después de que se fueran las ovejas y asfaltaron las calles y ya nada fue igual. 

Y, por fin, tuvimos un cuarto de baño. Pequeño, con un plato de ducha, y un váter y una pilita de lavabo. 

¡Albrícias! gritamos, nos podemos duchar debajo de una alcachofa, con el chorrito cayendo sobre nuestras cabezas sudorosas y aparcar la regadera. El asunto de la ducha consistía en meter los pies en una palangana de plástico, y que otra persona se subiera a una silla y desde su altura regar al duchante con la consabida regadera. La nuestra era de color verde manzana.

Nos apresuramos a comprar una lavadora a plazos, aunque fuera manual como la que tenía mi madre. Y nadie más bajó al lavadero. Y las conversaciones se redujeron al ámbito familiar, a las visitas, al horno o a las esquinas. Nos seguimos bañando en la rambla, pero por poco tiempo. 


También pudimos instalar calentadores de agua, porque luz eléctrica ya teníamos. Ya no dependíamos de Julio o Manolo, no recuerdo bien su nombre, el lucero le decíamos, el que cortaba y daba la luz. 

Pero lo más importante fue tener un váter, como en la ciudad. Eso sí que fue progreso. Un sin vivir era hacer menores y mayores perseguida por las gallinas. El "váter" de casa de una de mis tías estaba en el corral, justo enfrente de su casa. Salir de noche era peligroso, muy peligroso y también de día. Había que lidiar con los animales - gallinas, pollos o pavos -  que te perseguían por el corral, buscar un lugar acorde al menester, proveerse de un palo o una piedra y, una vez terminado el menester, salir pitando.

Y siguió llegando el progreso y se creó la canalización y ahora la rambla es un sumidero. En verano apesta, está cubierta de juncos, dicen que hay polletas de agua, pero no estoy tan segura de que sobrevivan en unas aguas infestas todo el año, porque a esas aguas van los vertidos de las casas, los nuestros. A falta de depuradora, es lo que tenemos. Porque dinero para instalar una no llega nunca. Para que las aguas corran limpias hay que esperar a que la Virgen de la Cueva se digne enviar lluvia y la potencia de la corriente se lleve un poco más lejos la suciedad y el olor.



Es lo que tenemos por ser una aldea, por no poder tener Ayuntamiento propio, entre otras cosas. Porque nuestros impuestos, que no son pocos, se van a Requena. Y, al final, las necesidades de las poblaciones pequeñas se van diluyendo en las prioridades de las grandes.



domingo, 7 de abril de 2019

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL - Capítulo II


A ningún urbanita, excepto por motivos laborales, quiero suponer, le obligan a vivir en el campo. 
Alejarse de la "civilización" es una decisión muy personal. A mí la ciudad me cansa, el ruido constante me aturde, por esa razón estoy tan a gusto escuchando el piar de los pajaritos, la voz de mi vecina a las ocho de la mañana mientras va a comprar el pan y se lo explica a otra vecina, el ronroneo del motor del tractor del Paco a la puerta de mi casa, hasta que se marcha a las labores del campo, o el ladrido chillón de la perreta de la casa de enfrente, entre otras sonoridades conocidas.
No se me ocurriría intentar convencer a nadie de que lo haga, no le vaya a producir una urticaria el contacto con los pinos y el aire oxigenado. 


El pastor que litigó con mi padre y otra vecina por el tema de los corrales murió hace unos años. El cargo pastoril y las ovejitas (otras, por supuesto) las heredó el hijo, junto el nombre. Es un tipo curioso este pastor. Cuando está en el monte, no muy lejos del corral actual, porque no lleva las ovejas a grandes distancias no vaya a ser que se agoten, tiene pose magnífica, de película casi épica: La mirada en la lejanía, la tez curtida por el sol del campo, apoyado en el bastón, con el morral colgando en un lado, el cigarro entre los labios, uno de los perros acostado a sus pies y el otro dando vueltas a su alrededor, vigilante.
Tiene un caminar pausado, arrastra los pies como si el trabajo le pesara. Mantiene dobladas las rodillas mientras camina. Es, para dar una idea, como si se hubiera levantado de una silla pero solo a medias, y se le hubieran quedado las piernas en un ángulo de, qué sé yo, pongamos de 45º. Con él apenas he cruzado cuatro palabras. Aunque, me temo que la quinta, no la entendería (yo)
Cuando él fallezca se perderá, con toda probabilidad, este oficio. No sé si habrá alguien en la aldea que quiera hacerse cargo de las ovejitas, aunque ¿por qué no lo podemos sustituir por un dron? Ya los perros por robots.
Los hijos permanecen en la aldea, no han emigrado a ningún lugar. Uno de ellos, si sigue así, igual lo hacen emigrar a un centro del estado. El otro es uno de los ejemplos que toda aldea suele tener. Va en bicicleta todo el día, cruza la carretera con la temeridad propia del que no teme nada porque no alcanza para ello, y se lleva bien con las ovejas. 

Se dice que una sociedad empieza a entrar en la modernidad cuando sus índices de colesterol, obesidad, triglicéridos  y ácido úrico son notables. Pues, felicitémonos, creo que estamos en el buen camino.
La modernidad de la ciudad exige aplicar la utilización del coche en cualquier lugar, aunque las distancias que se han de recorrer no sean largas. Para ir a la carnicería, a tomar café, a comprar el pan. 
Es imposible pensar en polución. Estamos rodeados de pinos, de naturaleza. Tú aspiras una buena bocanada de aire y qué tragas: oxígeno puro. Por lo tanto, para qué caminar. Que ya caminaron bastante nuestros antepasados cuando se marchaban de semana al campo con el hatillo y la mula. Nunca dejo de recordar a mi tío Amado. Otro personaje curioso.

Tenemos dos carnicerías. Una dentro y otra fuera, en la carretera. Podemos elegir y no solo basándonos en la calidad o el precio. Si eres oriundo tienes también otra posibilidad: el rencor. Imagina que, en un momento de la vida, la carnicera le ha dicho algo fuera de tono a tu hermano, pues tú, en solidaridad, dejas de comprarle y que se joda. La familia ante todo.


(to be continued again)

martes, 2 de abril de 2019

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL- Capítulo I



De momento, vivo a caballo entre la ciudad y el campo. Habito en una de las zonas  de la Comunidad Valenciana que se ha ido despoblando lentamente, una zona donde las aldeas se están convirtiendo en espacios libres para los fantasmas. Creo que fue entre los años cincuenta y sesenta cuando se produjo la mayor emigración hacia las ciudades. Aldeas y caseríos fueron abandonados y de algunos de ellos quedan las paredes.


En muchas ocasiones me han preguntado cómo es posible que viva allí, que no me aburra, que no sienta que me falta algo imprescindible para la vida. ¡Es que hay tantos pinos! pues claro que hay pinos, no me he ido a un desierto ni un secarral. Esta zona es lo que viene a denominarse campo, con sus pinos, sus carrascas, sus bichos, sus montañitas, sus espliegos y almendros. En la aldea  hay casas, ¡Incluso tenemos agua potable. Un milagro!
Es cierto, y lo añoro, que no huele a pueblo. En ese aspecto hemos perdido credibilidad, porque ir a un pueblo que huela a nada, es catastrófico. Un pueblo que se precie y que sea tenido en cuenta por los que se acercan a la naturaleza debe oler a estiércol, a gallinas de corral (vacas en esta zona, no), a ovejas, a leña de hogar en invierno. 
Asfaltaron las calles hace unos cuantos años y no es lo mismo. Dónde va a parar desportillarse las rodillas en el asfalto o en el polvo y las piedras. No tiene nada de original. Para eso no vas a un pueblo, te quedas en la ciudad y punto.
Prohibieron los corrales dentro de la zona habitada porque se llenaba todo de moscas y tábanos. Pues, qué quieren que les diga: no es lo mismo. No debería hablar así porque fue mi padre uno de los promotores del asunto. Total, sólo teníamos un par de ellos cerca de casa. Claro, el pastor nos sigue mirando mal desde entonces. De él hablaremos en otro momento. 
Era divertido despertarse a las seis de la mañana en verano escuchando el balido de las ovejitas, el aliento del pastor para sacarlas del corral, el sonido de la escoba de mi madre barriendo las cagarrutas de los simpáticos animalillos. ¡Aquéllo sí que era bucólico y pastoril!
Y cuando ya se habían marchado todos quedaba en el ambiente el zumbar de las moscas y ese olor característico del ganado feliz. Marchaban el pastor y las ovejitas hacia los pastos cercanos. Muy lejanos no, porque tampoco había que cansarlas.
¡Ay¡ qué tiempos. ¡Cuánta añoranza me produce estos recuerdos!


(to be continued)









miércoles, 27 de marzo de 2019

LOS PESCADORES DE PERLAS - Los microrrelatos de Quimera



Estos tres micorrelatos que aparecen en esta antología, editada por Montesinos con la dirección de Ginés S.Cutillas fueron publicados en el nº 404 de la revista Quimera en Julio de 2017



Intuición

Duerme a mi lado. Observo las aletas de la nariz. Se abren y cierren con una cadencia suave. Estoy desvelada. Le toco la cabeza. Mueve la mano como si tuviera un mosquito encima. Se da la vuelta. Ahora veo su coronilla. Me aburro. Me fijo en su oreja izquierda. Es pequeña, elegante, de estatua de mármol.
Me asomo a la oreja como quien se asoma a una ventana. Sé lo que hay dentro. Cerumen, pelillos, huesecillos minúsculos. Me acerco más, hasta que mi ojo roza el cartílago. Está oscuro ahí dentro. Mi ojo navega en el interior del oído. Resbala, cae y se golpea en el yunque. A pesar de los tropiezos, va resbalando hasta concavidades más densas, gelatinosas. Discurre a través de meandros grises. Comienzo a ver imágenes, en cinemascope y tecnicolor.  Unas mesas, sillas que giran. Me parece incluso oler a café. El sonido opaco de los ordenadores. Atravieso un pasillo. Hay puertas a los lados. Me detengo ante una de ellas. Se abre. Veo lo que supongo desde hace meses. Retrocedo. Con las prisas me pierdo en los meandros. Choco contra las neuronas, que se enganchan en la retina como pulpos. A lo lejos, un punto de luz.
Me aparto de su oreja y me dejó caer, sofocada por el viaje, en mi parte de la cama. Él se gira. Abre los ojos. Me mira y sonríe malévolamente.

  
Tac, tic
Es el último día de trabajo. Entra en su casa. Deja la cartera de piel. Sale de la cocina. Cierra la nevera, tan vacía como la bolsa de basura. Vomita. Se desanuda la corbata. Deja el traje de chaqueta en el suelo. Después sale del baño. El espejo no le devuelve ninguna imagen. Sube la persiana. Se acuesta. Enciende el despertador.
Tac tic, tac tic, tac tic



Esos raros momentos del día
Desde hace días, llevo este extraño pájaro, oscuro e hirsuto como un bigote antiguo, posado sobre mi hombro. Un perro verde me sigue como un remedo de sombra y se sienta a mi lado a la hora de cenar. Cuando intento acariciarlo se muestra esquivo y se marcha durante un rato. Adela, mi mujer, dice que son invenciones mías. Le contesto que sí y, de un manotazo, la hago desaparecer.