domingo, 18 de agosto de 2019

PRIMER PREMIO CONCURSO MICRORRELATOS ASOCIACION FELIX DE MARTINO






Veinticuatro de junio
Autora: Elena Casero Viana


Si les preguntas no te responderán. Puede que percibas un cambio mínimo en su gesto, una ligera dilatación en las pupilas, un rictus en la comisura de los labios. Como mucho.
Si insistes, negarán con vehemencia que ese día que tú dices, a la misma hora, cada año, desde que la memoria es memoria, la aldea se sumerge en un silencio ensordecedor que ni los perros se atreven a romper. No te dirán que se recluyen en las casas a las ocho en punto. Que cierran los postigos y taponan cualquier resquicio en las paredes. Que acuestan a los niños en las camas de sus padres. Que una niebla pegajosa baja de la montaña y alarga su sombra por las calles. Te dirán que mientes si afirmas que una leyenda habla de una mujer, o de una niña, nadie lo sabe con seguridad. Se reirán en tu cara, te tomarán por loco pero distinguirás el miedo, una vibración entre las sílabas que confirmará tu presentimiento.
Y ante tu mirada incrédula te asegurarán que nadie, nadie en la aldea cree en las leyendas ni en las supersticiones.









Asociación Félix de Martino.

sábado, 27 de julio de 2019

MICRORRELATOS PUBLICADOS EN INFOLIBRE

LIEBRE POR GATO - LOS DIABLOS AZULES INFOLIBRE



Teorema de la vida

Dos saleros. Dos servilletas. Una foto romántica.
Un calcetín desparejado. Un yogur caducado. Una patata grillada. Una camisa con una mancha de carmín.
Un plato de plástico en el fregadero.
Una botella de leche caducada.
Un calzoncillo en un rincón del dormitorio.
Un marco de fotos vacío
La pátina de polvo sobre el piano
La música del silencio




Acompañando a los conquistadores que llegaron a las tierras que más tarde conocimos como América, iban unos hombres rudos con faldas largas.
Éstos, horrorizados por el comportamiento de los nativos, les conminaron con amenazas a que desistieran de realizar ofrendas humanas a sus dioses y las cambiaran por rezos al único dios que existía, ese hombre crucificado que llevaban colgando sobre su pecho.
Los indios, cansados de tantos sermones en una lengua áspera y desconocida, se reunieron en consejo. Tras largas deliberaciones invitaron a los hombres rudos a una ceremonia. Estos, convencidos de su victoria moral sobre los infieles, aceptaron.


sábado, 4 de mayo de 2019

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL . Capítulo IV


Lo que se ve desde mi ventana no es la mejor vista del paisaje, apenas un pedazo de monte, algunos tejados y los cables de la luz o del teléfono. Sin embargo, no la cambio por la que tengo desde mi escritorio en la ciudad. Ventanas, solo ventanas, ropa tendida, persianas que suben y bajan, mi vecino "pecho lobo" o el que sale a tender en pelotas, que me da mucho asquito (si, al menos, se pareciera a Brad Pitt) y allá arriba, recogido entre las paredes de la finca, un trocito de cielo azul.

Si miro hacia la derecha de esta ventana ya no puedo ver el monte. 
En las zonas rurales, excepto aquellas poblaciones que están consideradas como bien cultural, las construcciones alcanzan un nivel de despropósito inimaginable. Los pueblos son feos. Es cierto que hay casas con una cierta antigüedad que son bonitas, no me gusta este término, pero no se me ocurre otro. Las casas están bien cuidadas, mantienen un cierto señorío y están pintadas de distintos colores. Pero, siempre hay un pero, porque existen otras cuya cara visible es el cemento. El color gris, las grietas de las paredes, las persianas desdentadas, el descuido, las puertas metálicas en lugar de las de madera. 
Las casas, como en muchas aldeas, dan a dos calles. La parte trasera suele ser la cochera, como le llaman aquí al garaje. El lugar donde se guardan los tractores o los vehículos. Y la parte delantera la entrada principal. Así se suele establecer una norma en la construcción. Pero, regresamos al pero, siempre hay quien prefiere guardar su propia estética. Recurrir a la arbitrariedad.




En la parte trasera de mi casa, justo al lado construyeron un casoplón, enorme, antiestético, provocador, la manifestación del que quiere o necesita aparentar, se tenga posibles o no. El casoplón sigue ahí, impertérrito, vacío, agrietado, de color cemento, con los ojos hacia el monte y la boca cerrada por una puerta metálica. Desaparece el sol en invierno, las plantas languidecen y la humedad se convierte en una lengua sucia por las paredes. 
Quizás sea también esto el progreso, nada diferente a lo que sucede en las ciudades. La diferencia es que aquí somos menos, nos conocemos, nos hablamos, la mitad es familia de la otra mitad, o de un cuarto. Comparten apellidos e historia. Y de todo ello surgen las rencillas.
Vivir en una comunidad pequeña tiene sus ventajas e inconvenientes. La idea bucólica del campo ha quedado desfasada.
Sin embargo, disfruto de la conversación con los vecinos, del trueque: uno arregla algo, otro te regala media docena de huevos, dos chorizos. Uno reparte la cosecha de habas con la vecina y ella te corresponde con un pastel o un bote de miel de sus panales. 




martes, 16 de abril de 2019

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL - Capítulo III

Cinco días lloviendo sin cesar, con trellat (conocimiento) como decimos en València. Y hacía falta. Se veían los campos resecos, la tierra  cuarteada por falta de humedad. Este agua servirá para limpiar la rambla que viene demasiado olorosa por el calor y otras cosas.

La rambla, cuando yo era pequeña, llevaba agua fresca y limpia. Chapoteábamos como unas locas y mi tía nos decía que nos nos bañáramos tanto que nos íbamos a regalar. 

"Regalarse" . dícese cuando te bañas mucho, mucho y te arrugas y parece que se te va a caer la piel o, en su defecto, te vas a quedar en los huesos. Diccionario rural.

Lo cierto es que no le hacíamos mucho caso y seguíamos metidas en el agua mientras las madres lavaban la ropa en el lavadero, y conversaban de sus cosas y de los chismes del pueblo y de las necesidades de cada momento. Al terminar, llenaban de agua los cántaros y los botijos y los metían dentro de las albardas del mulo. Nosotras llenábamos nuestras memorias de recuerdos y de risas.
Lo pero era subir la empinada cuesta. El frescor del agua en la piel desaparecía a los pocos minutos de comenzar a caminar y volvíamos a desear meternos en la rambla. A los lados del camino había eras. Ahora hay vallados llenos de cosas inútiles, desde mi punto de vista, por supuesto. Almacenes de coches viejos, restos de cascotes de construcción en los márgenes de la rambla. 

Un día llegó el agua potable, sería sobre los años setenta, después de que se fueran las ovejas y asfaltaron las calles y ya nada fue igual. 

Y, por fin, tuvimos un cuarto de baño. Pequeño, con un plato de ducha, y un váter y una pilita de lavabo. 

¡Albrícias! gritamos, nos podemos duchar debajo de una alcachofa, con el chorrito cayendo sobre nuestras cabezas sudorosas y aparcar la regadera. El asunto de la ducha consistía en meter los pies en una palangana de plástico, y que otra persona se subiera a una silla y desde su altura regar al duchante con la consabida regadera. La nuestra era de color verde manzana.

Nos apresuramos a comprar una lavadora a plazos, aunque fuera manual como la que tenía mi madre. Y nadie más bajó al lavadero. Y las conversaciones se redujeron al ámbito familiar, a las visitas, al horno o a las esquinas. Nos seguimos bañando en la rambla, pero por poco tiempo. 


También pudimos instalar calentadores de agua, porque luz eléctrica ya teníamos. Ya no dependíamos de Julio o Manolo, no recuerdo bien su nombre, el lucero le decíamos, el que cortaba y daba la luz. 

Pero lo más importante fue tener un váter, como en la ciudad. Eso sí que fue progreso. Un sin vivir era hacer menores y mayores perseguida por las gallinas. El "váter" de casa de una de mis tías estaba en el corral, justo enfrente de su casa. Salir de noche era peligroso, muy peligroso y también de día. Había que lidiar con los animales - gallinas, pollos o pavos -  que te perseguían por el corral, buscar un lugar acorde al menester, proveerse de un palo o una piedra y, una vez terminado el menester, salir pitando.

Y siguió llegando el progreso y se creó la canalización y ahora la rambla es un sumidero. En verano apesta, está cubierta de juncos, dicen que hay polletas de agua, pero no estoy tan segura de que sobrevivan en unas aguas infestas todo el año, porque a esas aguas van los vertidos de las casas, los nuestros. A falta de depuradora, es lo que tenemos. Porque dinero para instalar una no llega nunca. Para que las aguas corran limpias hay que esperar a que la Virgen de la Cueva se digne enviar lluvia y la potencia de la corriente se lleve un poco más lejos la suciedad y el olor.



Es lo que tenemos por ser una aldea, por no poder tener Ayuntamiento propio, entre otras cosas. Porque nuestros impuestos, que no son pocos, se van a Requena. Y, al final, las necesidades de las poblaciones pequeñas se van diluyendo en las prioridades de las grandes.



domingo, 7 de abril de 2019

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL - Capítulo II


A ningún urbanita, excepto por motivos laborales, quiero suponer, le obligan a vivir en el campo. 
Alejarse de la "civilización" es una decisión muy personal. A mí la ciudad me cansa, el ruido constante me aturde, por esa razón estoy tan a gusto escuchando el piar de los pajaritos, la voz de mi vecina a las ocho de la mañana mientras va a comprar el pan y se lo explica a otra vecina, el ronroneo del motor del tractor del Paco a la puerta de mi casa, hasta que se marcha a las labores del campo, o el ladrido chillón de la perreta de la casa de enfrente, entre otras sonoridades conocidas.
No se me ocurriría intentar convencer a nadie de que lo haga, no le vaya a producir una urticaria el contacto con los pinos y el aire oxigenado. 


El pastor que litigó con mi padre y otra vecina por el tema de los corrales murió hace unos años. El cargo pastoril y las ovejitas (otras, por supuesto) las heredó el hijo, junto el nombre. Es un tipo curioso este pastor. Cuando está en el monte, no muy lejos del corral actual, porque no lleva las ovejas a grandes distancias no vaya a ser que se agoten, tiene pose magnífica, de película casi épica: La mirada en la lejanía, la tez curtida por el sol del campo, apoyado en el bastón, con el morral colgando en un lado, el cigarro entre los labios, uno de los perros acostado a sus pies y el otro dando vueltas a su alrededor, vigilante.
Tiene un caminar pausado, arrastra los pies como si el trabajo le pesara. Mantiene dobladas las rodillas mientras camina. Es, para dar una idea, como si se hubiera levantado de una silla pero solo a medias, y se le hubieran quedado las piernas en un ángulo de, qué sé yo, pongamos de 45º. Con él apenas he cruzado cuatro palabras. Aunque, me temo que la quinta, no la entendería (yo)
Cuando él fallezca se perderá, con toda probabilidad, este oficio. No sé si habrá alguien en la aldea que quiera hacerse cargo de las ovejitas, aunque ¿por qué no lo podemos sustituir por un dron? Ya los perros por robots.
Los hijos permanecen en la aldea, no han emigrado a ningún lugar. Uno de ellos, si sigue así, igual lo hacen emigrar a un centro del estado. El otro es uno de los ejemplos que toda aldea suele tener. Va en bicicleta todo el día, cruza la carretera con la temeridad propia del que no teme nada porque no alcanza para ello, y se lleva bien con las ovejas. 

Se dice que una sociedad empieza a entrar en la modernidad cuando sus índices de colesterol, obesidad, triglicéridos  y ácido úrico son notables. Pues, felicitémonos, creo que estamos en el buen camino.
La modernidad de la ciudad exige aplicar la utilización del coche en cualquier lugar, aunque las distancias que se han de recorrer no sean largas. Para ir a la carnicería, a tomar café, a comprar el pan. 
Es imposible pensar en polución. Estamos rodeados de pinos, de naturaleza. Tú aspiras una buena bocanada de aire y qué tragas: oxígeno puro. Por lo tanto, para qué caminar. Que ya caminaron bastante nuestros antepasados cuando se marchaban de semana al campo con el hatillo y la mula. Nunca dejo de recordar a mi tío Amado. Otro personaje curioso.

Tenemos dos carnicerías. Una dentro y otra fuera, en la carretera. Podemos elegir y no solo basándonos en la calidad o el precio. Si eres oriundo tienes también otra posibilidad: el rencor. Imagina que, en un momento de la vida, la carnicera le ha dicho algo fuera de tono a tu hermano, pues tú, en solidaridad, dejas de comprarle y que se joda. La familia ante todo.


(to be continued again)

martes, 2 de abril de 2019

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL- Capítulo I



De momento, vivo a caballo entre la ciudad y el campo. Habito en una de las zonas  de la Comunidad Valenciana que se ha ido despoblando lentamente, una zona donde las aldeas se están convirtiendo en espacios libres para los fantasmas. Creo que fue entre los años cincuenta y sesenta cuando se produjo la mayor emigración hacia las ciudades. Aldeas y caseríos fueron abandonados y de algunos de ellos quedan las paredes.


En muchas ocasiones me han preguntado cómo es posible que viva allí, que no me aburra, que no sienta que me falta algo imprescindible para la vida. ¡Es que hay tantos pinos! pues claro que hay pinos, no me he ido a un desierto ni un secarral. Esta zona es lo que viene a denominarse campo, con sus pinos, sus carrascas, sus bichos, sus montañitas, sus espliegos y almendros. En la aldea  hay casas, ¡Incluso tenemos agua potable. Un milagro!
Es cierto, y lo añoro, que no huele a pueblo. En ese aspecto hemos perdido credibilidad, porque ir a un pueblo que huela a nada, es catastrófico. Un pueblo que se precie y que sea tenido en cuenta por los que se acercan a la naturaleza debe oler a estiércol, a gallinas de corral (vacas en esta zona, no), a ovejas, a leña de hogar en invierno. 
Asfaltaron las calles hace unos cuantos años y no es lo mismo. Dónde va a parar desportillarse las rodillas en el asfalto o en el polvo y las piedras. No tiene nada de original. Para eso no vas a un pueblo, te quedas en la ciudad y punto.
Prohibieron los corrales dentro de la zona habitada porque se llenaba todo de moscas y tábanos. Pues, qué quieren que les diga: no es lo mismo. No debería hablar así porque fue mi padre uno de los promotores del asunto. Total, sólo teníamos un par de ellos cerca de casa. Claro, el pastor nos sigue mirando mal desde entonces. De él hablaremos en otro momento. 
Era divertido despertarse a las seis de la mañana en verano escuchando el balido de las ovejitas, el aliento del pastor para sacarlas del corral, el sonido de la escoba de mi madre barriendo las cagarrutas de los simpáticos animalillos. ¡Aquéllo sí que era bucólico y pastoril!
Y cuando ya se habían marchado todos quedaba en el ambiente el zumbar de las moscas y ese olor característico del ganado feliz. Marchaban el pastor y las ovejitas hacia los pastos cercanos. Muy lejanos no, porque tampoco había que cansarlas.
¡Ay¡ qué tiempos. ¡Cuánta añoranza me produce estos recuerdos!


(to be continued)









miércoles, 27 de marzo de 2019

LOS PESCADORES DE PERLAS - Los microrrelatos de Quimera



Estos tres micorrelatos que aparecen en esta antología, editada por Montesinos con la dirección de Ginés S.Cutillas fueron publicados en el nº 404 de la revista Quimera en Julio de 2017



Intuición

Duerme a mi lado. Observo las aletas de la nariz. Se abren y cierren con una cadencia suave. Estoy desvelada. Le toco la cabeza. Mueve la mano como si tuviera un mosquito encima. Se da la vuelta. Ahora veo su coronilla. Me aburro. Me fijo en su oreja izquierda. Es pequeña, elegante, de estatua de mármol.
Me asomo a la oreja como quien se asoma a una ventana. Sé lo que hay dentro. Cerumen, pelillos, huesecillos minúsculos. Me acerco más, hasta que mi ojo roza el cartílago. Está oscuro ahí dentro. Mi ojo navega en el interior del oído. Resbala, cae y se golpea en el yunque. A pesar de los tropiezos, va resbalando hasta concavidades más densas, gelatinosas. Discurre a través de meandros grises. Comienzo a ver imágenes, en cinemascope y tecnicolor.  Unas mesas, sillas que giran. Me parece incluso oler a café. El sonido opaco de los ordenadores. Atravieso un pasillo. Hay puertas a los lados. Me detengo ante una de ellas. Se abre. Veo lo que supongo desde hace meses. Retrocedo. Con las prisas me pierdo en los meandros. Choco contra las neuronas, que se enganchan en la retina como pulpos. A lo lejos, un punto de luz.
Me aparto de su oreja y me dejó caer, sofocada por el viaje, en mi parte de la cama. Él se gira. Abre los ojos. Me mira y sonríe malévolamente.

  
Tac, tic
Es el último día de trabajo. Entra en su casa. Deja la cartera de piel. Sale de la cocina. Cierra la nevera, tan vacía como la bolsa de basura. Vomita. Se desanuda la corbata. Deja el traje de chaqueta en el suelo. Después sale del baño. El espejo no le devuelve ninguna imagen. Sube la persiana. Se acuesta. Enciende el despertador.
Tac tic, tac tic, tac tic



Esos raros momentos del día
Desde hace días, llevo este extraño pájaro, oscuro e hirsuto como un bigote antiguo, posado sobre mi hombro. Un perro verde me sigue como un remedo de sombra y se sienta a mi lado a la hora de cenar. Cuando intento acariciarlo se muestra esquivo y se marcha durante un rato. Adela, mi mujer, dice que son invenciones mías. Le contesto que sí y, de un manotazo, la hago desaparecer.


domingo, 24 de febrero de 2019

LA RADIO

Uno de los muchos recuerdos de infancia es la radio. Mi madre la encendía al poco de levantarse y sonaba durante todo el día. Incluso ella la acompañaba cantando. Haciendo los coros a la zarzuela, si era preciso.
He heredado esa misma costumbre. En mi radio, el primer dial sintonizado es Radio Clásica. Y desde hace unos cuantos años suena Sinfonía de la mañana con la voz de Martin Llade. Una voz que me ha venido acompañando incluso en la oficina. 
Ayer María Vicenta Porcar Pedro, con esa gran humanidad y cariño que la caracteriza, me hizo un regalo inesperado: conocer a Martin Llade, charlar con él, escuchar y presenciar en directo una entrevista en CV Radio y poder regalarle una novela. 
Un miércoles que me llenó d

e alegría.

lunes, 19 de noviembre de 2018

PRESENTACION LIBRERIA RAMON LLULL


Amaneció el sábado más tranquilo, nublado, pero con ánimo de despejarse por algún rincón. Al menos, parecía que el agua del día anterior nos iba a dar un poco de tregua.
Después de tocar notas largas al oboe, comprobar que la caña estaba en mejor estado que yo, de hacer los macarrones para mi familia, sobre todo por mi nieto, de pintarme los ojos, un acto que he olvidado desde que mi jubilé y de dejar las cosas preparadas, nos fuimos a recoger al señor editor al tren. La comida con Mariano y Mayte siempre es placentera. Nos conocemos muchos años, sabemos lo que nos gusta, y nos gusta la conversación. El mar al fondo, algo bravío, repleto de veleros. Mis nervios estaban todavía templados. Sin pensar en lo que venía después. Y para templarlos del todo nada mejor que un carajillo de ron.
A las seis y media en la librería, donde había quedado con Víctor, mi profesor de oboe. La persona que me ha ayudado a retomar el instrumento después de cinco años sin tocar, sin soplar la caña, casi sin acordarme de respirar. Y el carajillo dejó de hacer efecto. Me tendría que haber tomado unas valerianas o tres whiskises.
Con la música yo soy como aquellos abueletes de las bandas de música de antaño: con más devoción que estudios. Es lo que sucede cuando empiezas los estudios pasada la cuarenta. He tocado muchos años en banda, es cierto, pero siempre, por suerte, sin destacar.  Y nunca he hecho audiciones, como se suele hacer en los Conservatorios.
Yo sola me metí en el lío de querer combinar la música con la literatura. Y de querer que fuera una sorpresa para todos. De ahí mis nervios. De pronto, la librería se llenó de gente: amigos, compañeras del colegio, de la oficina, familia, escritoras y escritores que quisieron acompañarme y Víctor se tuvo que encargar en poner el oboe en orden: soplar la caña para comprobar que funcionaba, que estaba afinada. Las partituras venían en unas cartulinas con la portada de la novela. Un detallazo de una persona generosa.
Me gusta ser puntual en las presentaciones. Cinco minutos de cortesía, y al lío.
Tocamos tres piezas pequeñas que Víctor había arreglado para dos oboes. Ya dije que Bizet había escrito uno de los solos más hermosos para oboe de toda la historia de la música, que lo que yo hiciera, seguramente, no tendría nada que ver con ello. Los nervios en la mandíbula. Y algún bemol que otro se escapó, pero gracias a Víctor todo salió bien.
La presentación a cargo de Fani Fernández fue genial. Aguda, cariñosa, cómplice, detallista. Igual que las palabras de Mariano y la acogida de Almudena en la librería, como siempre, como estar en casa. Y tanta gente y tanto cariño que todavía estoy desbordada.







domingo, 4 de noviembre de 2018

FESTEJAR LA MUERTE



Los olores son una de mis debilidades. En un día como este, rodeada de crisantemos, gladiolos, claveles o lirios, celebrar la muerte como otra forma de vida me acerca a lo sublime.  Hoy me acicalo más que de costumbre. Como un homenaje a aquellos a quienes voy a visitar.

En casa tengo un altarcito. Lo voy montando con mucha devoción desde finales de octubre hasta el 3 de noviembre, cuando ya he recibido la visita de las almas de mis difuntos. Esta costumbre la adquirí hace muchos años, cuando viví en México. Allí sí que entienden lo que es festejar la muerte. El altarcito es de siete pisos, tan lindo. Yo misma hago las calaveritas a lo largo de los meses. Cada año es distinto. Todo depende de las fotografías. No importa si son en blanco y negro o en color.

El pasado año dediqué el altarcito a los viejitos. Pobres, tan abandonados en esas residencias oscuras, que huelen a células muertas, a lejía podrida, a col hervida. Sin familia, sin nadie que les visite, excepto yo, la sobrina o la vecina que nunca les ha olvidado. Ellos no suelen recordar nada. Me aceptan de buen grado, como aceptarían a un perro o un gato. Les pido una fotografía y la guardo. Para el altarcito. Me quedo a su lado hasta el último suspiro. Evito mirarles a los ojos cuando su mirada suplicante, su mano agarrotada se ciñe a mi brazo. Aunque les hablo, les digo que iré a visitarles, que nunca estarán solos, que pondré velas para que encuentren su camino, que van a tener un altarcito para que se sientan felices, hay quien se resiste a abandonar esa triste y solitaria vida.

Aparte de los altarcitos anuales, vengo a menudo al camposanto. Paseo entre las tumbas, me detengo en los panteones familiares. Como apasionada del arte, disfruto con las estatuas ángeles, de toreros, de escritores. Verdaderas joyas. También me gusta observar las lápidas, siempre se sabe las que son visitadas, cuidadas y queridas. Hay familias que, para recordar a los suyos, tal como ellos pensaban que eran, ponen una fotografía de cuando eran niños, o adolescentes, o del día de la boda o del carnet de identidad. También sucede lo contrario. Algunas tienen las fotografías desvaídas, las flores de plástico están carcomidas por el sol y la pena y el mármol ennegrecido. Es tan lastimoso verlas abandonadas de la mano de dios. Me deja una sensación de desconsuelo que ni siquiera el aroma de las flores logra mitigar.

Este año he dejado a los viejitos para centrarme en mi labor cristiana en aquellos que no tienen nada ni a nadie. Esas personas que duermen en la calle o en los parques, como los animales, que hieden, que beben para consolarse y olvidar, mujeres que sobreviven prostituyéndose, hombres con tendencias criminales o suicidas. Vidas que se me clavan en el corazón. Algunos ni siquiera poseen una foto, pero yo les tomo una y la guardo hasta que llega el momento oportuno, que suele ser la noche, cuando comienza el otoño y se arrebujan entre los cartones y las toscas mantas. El momento de acabar con sus penalidades terrenales.

Me ha quedado un altarcito divino. Tan colorido. Tan lleno.



martes, 25 de septiembre de 2018

EL PAÑUELO DE HILO - incluido en mi libro de relatos DISCORDANCIAS



El pañuelo de hilo


Algunos lloran, sobre todo las señoras de buen corazón que se arrebujan en sus abrigos de pieles, tiritando de tristeza y enjugándose unas lagrimillas mientras observan la escena del mendigo destripado en medio de la calle, reteniendo el tráfico que lo rodea, atropellado frente a la puerta de la iglesia, protegido por un chucho desgreñado que no para de aullar.
Tapándose la boca con un pañuelito de hilo dice una:
–¡Qué lástima! Alguien debería llamar a la perrera.


(Imagen propia. Pañuelito bordado en las clases de Enseñanzas del hogar. Años 60)

sábado, 2 de junio de 2018

TEORIA DE MANFRED-SCHWANN



La solución, aconsejada por sus amigas, era aplicar esta novedosa teoría cuyos resultados estaban garantizados.
Manfred-Schwann, un lúcido analista alemán, en apenas cuatro capítulos de su único libro, abogaba por estudiar la conducta del oponente para anticiparse, mediante tácticas lógicas, a sus reacciones.
El primero de ellos, Die Nase berühren “o tocar las narices, se basaba en crear conflictos cotidianos sin aparente sentido para provocar confusión.
En el capítuloSchwindlig das Rebhuhn “, o marear la perdiz, se recomendaba desbaratar durante un mes la economía básica mediante gastos desproporcionados e inútiles e imposibles de cuantificar.
En el siguiente Mit Honig auf den Lippen “o con la miel en los labios, sugería utilizar técnicas de acercamiento y alejamiento hasta cerciorarse de que el oponente se hallaba desorientado, así como deslizar mensajes subliminales en público para socavar su confianza. 
Al llegar al último capítulo Leben, das sind zwei Tage “o a vivir que son dos dias, y comprobado que su rival estaba emocional y económicamente hundido, cerró el libro. Llamó a sus amigas. Cogió a los niños y pidió el divorcio.



Microrrelato ganador en la V Edición del Maratón de microrrelatos de La Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios (CLAVE)

miércoles, 16 de mayo de 2018

SOLO ES UN INSTANTE - del libro de microrrelatos LUNA DE PERIGEO




Solo es un instante



En este momento, lo mejor  que puede hacer es rezar. Sé por experiencia que todos, aunque sean agnósticos, acaban haciéndolo cuando escuchan el chasquido del cargador cerca de su oído. Un sonido hermoso, por cierto, tan limpio. Todos imploran que acabe con rapidez. Yo les digo que solo hago mi trabajo, que no soy dios.
Rezan mientras repasan su vida. Hay recuerdos que remueven las entrañas y los sentimientos y les hacen llorar de desesperación. Debe de ser triste saber que no tienes futuro, que ya eres solo pasado. Le aconsejo que ahogue su rabia en la oración. Será mucho más fácil. Si quiere yo inicio el rezo. Le juro que es cuestión de un instante. Quizás prefiera que le tape los ojos.



(imagen tomada de Internet)