lunes, 22 de diciembre de 2025

NAVIDADES DEL SIGLO PASADO


 

Cuando era pequeña me gustaba mucho la Navidad.  Durante esos días confluían varias cosas que la hacían mágica e inolvidable.




Lo más importante era que no había colegio durante muchos días. 

Después que nos traían el aguinaldo. Solía coincidir con el primer día de las vacaciones, cuando llevábamos las notas a casa, y con el día del sorteo de la lotería que cantaban en la radio los niños de San Ildefonso. Los niños de entonces eran huérfanos y eran los niños que mejor cantaban los números en la España de Franco. Mientras ellos cantaban, sonaba de fondo el movimiento del bombo donde estaban las bolas con todos los premios. Años después, cuando mi padre compró una televisión lo presenciábamos en directo como si estuviéramos en la sala de sorteos, con los décimos y las papeletas encima de la mesa como si conjurásemos a que la suerte cayera de nuestro lado. Nunca tuvimos mucha suerte.

El aguinaldo era una cesta grande, o me lo parecía, que contenía de casi todo: Un salchichón gordo de textura grasienta que a mí me sabía como un manjar; un chorizo pamplonés; unas latas  de atún, melocotón y piña en almíbar, pastillas de turrón, aunque las mejores eran las que compraba mi padre para mi madre, aunque luego se las comía él, de una tienda de la plaza Emilio Castelar, que ya se llamaba del Caudillo, porque el tal Emilio fue presidente de la República, y eso en la España de Franco no se podía permitir. La tienda era muy cara, se llamaba y se llama: Turrones Galiana. Los turrones que traía la cesta del aguinaldo no eran tan buenos, pero sabían a fiesta.

La cesta no sé quién la traía, quizás fuera también el señor Martín, un señor con bigote que vendía de todo por las casas, desde sábanas de algodón, mantelerías de puntillas de bolillos para las dotes de las casaderas, paños de cocina de algodón, toallas de Portugal y cortinas de encajes por metros. Vendía a plazos y cada semana iba de puerta en puerta, llamaba al timbre y decía: zoy Martín, decía zoy porque era andaluz. Yo abría y luego salía mi madre y le daba un dinero y Martín lo apuntaba en una libretita que llevaba en un bolsillo de la chaqueta. Las compras las hacía mi madre durante todo el año de esa manera: de fiado. Ella anotaba lo que le daba al señor Martín para llevar su propio control y saber cuándo podía comprar algo nuevo. Pero lo del aguinaldo era distinto. Una tradición desde mi abuela.

Pero lo mejor del aguinaldo no era la cesta, era otra cosa que no iba en ella: un pollo, vivo, de cresta colorada, atado por las patas, boca abajo y con cara de no saber qué estaba haciendo allí.

Mi madre lo metía en la cocina. El pollo, atado con un cordel por una de las patas a la pila de lavar, nos miraba con expresión de desconcierto. Yo prefería creer que más que desconcertado el pollo estaba aterrorizado porque intuía su inmediato futuro. Nuestro pollo se asemejaba mucho a los pollos que les regalaban a los guardias urbanos que regulaban la circulación cuando no existían los semáforos, o había tan pocos que debían de funcionar con gas. A los guardias, la gente les dejaba el aguinaldo de Navidad a los pies de su puesto en medio de la calle, como se ve en algunas películas españolas de Alfredo Landa, pero esa imagen es ya tan antigua que parece inexistente.

Los pollos tienen la mirada huidiza, atravesada en esos ojillos que parecen concentrar en sus pupilas la curiosidad por lo que les rodea. El animalito, al que yo recuerdo siempre blanco, año tras año, doblaba el cuello mientras recorría con su mirada antojadiza el entorno de la cocina. De vez en cuando, siguiendo su instinto, intentaba escapar, soltar la pata del cordel que lo retenía, hasta que después de varios intentos desistía, agotado y estremecido y se metía debajo de la pila, acuclillado sobre el suelo. Olía mal porque siendo un pollo no tenía conciencia de sus necesidades, por supuesto.

El pollo permanecía en la situación de reo de muerte durante un par de días. Durante la noche y parte de la tarde estaba en la cocina para que no se helara a la intemperie de la galería, donde estaba durante la mañana, bajo el frío al sol que seguramente le traía recuerdos de su libertad perdida.  A mí me daba mucha lástima. Los niños sentimos debilidad por los bichos indefensos antes de lanzarles una pedrada.

Mi madre ya tenía el cuchillo afilado. Yo estaba presente mientras mi padre cogía al pollo y ella le hacía un tajo en el cuello por donde empezaba a manar la sangre que recogíamos en una palangana (en mi casa le hemos llamado siempre zafa) y después no recuerdo que hacía con ella, porque la "sang amb seba" que comíamos en casa no era la del pollo, era otra que mi madre compraba en el mercado de Russafa y la cocía y la aderezaba con cebolla frita y piñones.

Del pollo aterido de miedo mi madre sacaba caldo, cocido de Navidad, y arroz con pollo. Si el animal hubiera sabido lo que su vida había proporcionado de felicidad, se hubiera ido más contento al cielo de las aves.

jueves, 11 de diciembre de 2025

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL (después de mucho tiempo)



 



Leo estos días el libro de Paco Cerdà, Los últimos- Voces de la Laponia española, el único libro que no había leído escrito por él. Conforme voy leyendo, subrayo, anoto y pongo pegatinas de colores en las páginas (no me gusta eso del posit, lo siento) y, aunque el recorrido que hace en els libro - La Celtiberia hispana - no llega a esta zona, hay muchas coincidencias en los temas: despoblación, desarraigo, soledad y desinterés de las administraciones. 
Habla también del regreso, de algunos y algunas quijotes, personas cansadas de las prisas, de la soledad, sí de la soledad de las ciudades, a los pueblos de sus ancestros o donde nacieron, de las dificultades que eso entraña y, de nuevo, de la ausencia de ayudas o colaboraciones municipales, autonómicas o estatales. 
En todo este tiempo que no he escrito nada sobre el lugar que hemos elegido para pasar el tiempo que nos vaya quedando, la vida ha transcurrido como si el resto nos fuera ajeno. Aquí también nos envolvemos con una capa de protección ante tanto ruido externo, sin querer pensar o aceptar que ese ruido que se produce en los despachos de gente importante y con autoridad para hacer y deshacer a su antojo no nos fuera a afectar. 
Se fue la vecina- la Carmen - después de idas y venidas del hospital. Se marchó en silencio, se dejó llevar deslizándose desde la cama al suelo, como una manteca derretida. Se marchó también Josito, el padre de la Mati, cansado de su inutilidad y se llevó con él la sabiduría de tejer esparto, sin habérselo enseñado a los hijos y nietos. Las mujeres nunca, hasta ahora, han tejido esparto. Era cosa de hombres. Y los jóvenes no tienen tiempo ni interés en aprender esta habilidad. 
Nos queda aún Vicente, la persona que más sabe de la comarca, de lugares, historia y personajes. El único que sabe confeccionar obras maestras con el esparto. Aunque no sabemos por cuanto tiempo porque la cabeza se le está llenando de humo.
Nos queda también la Justa, mi vecina, que anda rondando los 100 años. Se queja de sus malas piernas, ahora apenas sale, no hace buen tiempo para corrillos con el vecindario frente a su casa. Va y viene del hospital cuando los pulmones no le responden. Su cabeza resiste, la memoria suya y la nuestra. Me recuerda a mí de pequeña, a mis padres, a mi hermana y no deja de maravillarme que alguien tenga recuerdos que yo nunca he tenido. 
La buena noticia es que, entre tanto, nacieron dos criaturas: un niño y una niña y si tienen suerte podrán asistir al colegio de la aldea antes de que lo clausuren por falta de números.
Con el frío, el pueblo huele a pueblo, a leña de chimenea, cada vez menos. A lo lejos, según sople el viento nos llega el canto de algún gallo, cada vez menos también. 
En estos pueblos, el cada vez menos, es lo habitual.