sábado, 23 de octubre de 2021

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL- 101 RELATOS BIBLIOTECARIOS

 

En bastantes ocasiones he participado con algún relato en un libro colectivo. En este caso, como en otro anterior, los beneficios van destinados a fines sociales a través de una asociación.


Esta es la primera vez que lo hago en calidad de "bibliotecaria", actividad a la que llegué de casualidad, y participo con un texto basado en esta historia. 

Edward Brooke-Hitching. The Madman’s Library: The Strangest Books, Manuscripts and Other Literary Curiosities from History. Simon & Schuster, 2020. ISBN 978-1-79720-730-8


Carezco de formación como bibliotecaria o archivera. Lo mío, en este caso, es una mezcla de amor al arte e inconsciencia. 

La biblioteca se ha creado casi de la nada, a partir de una sugerencia mía, y la insistencia de los alcaldes anteriores, con una bonita estantería de madera, regalo del ayuntamiento de Requena, un local recién reconstruido y unas docenas de libros. Desde aquel día, pandemia incluida, casi soledad administrativa. Gracias a las amistades nos hemos hecho con cerca de mil libros y mi empeñado para conseguir más estanterías y algunos libros que buenamente nos han cedido de la Biblioteca de Requena. Disfruto entre libros, unas veces aconsejo a las lectoras, otras ya saben lo que buscan. No son muchas, pero suficientes para seguir con las puertas abiertas el tiempo que sea preciso. 

Y este es el relato incluido en el libro 101 Relatos bibliotecarios, de la editorial Vinatea.


LO MÁS SUBLIME 

¿Sabe, señoría? Desde hace generaciones mi familia ha vivido obsesionada por el coleccionismo, esa bendita idea  que tuvo mi antepasado, allá por el siglo XVIII, a quien se le ocurrió coleccionar mondadientes, sí, no se ría, palillos de todo tipo, redondos, cuadrados, de madera, de hierro, sin usar y usados y, aunque le pueda resultar sorprendente, logró una cantidad considerable que guardó en varias cajas de madera, entenderá su señoría que, a pesar de que no todos llegaron en buen estado a su sucesor, ya que los bichos se encargaron de destruirlos, no fue óbice para que se iniciara una nueva colección, en este caso se trató de cucharillas de café o de postre que alcanzó la cantidad de cuatrocientas que están en mi poder, porque, discúlpeme, creo que no le he dicho que todas las colecciones van pasando de un primogénito al siguiente, con el trastorno que eso conlleva, ya que no todos han sido capaces de guardarlas en su hogar, no es mi caso, como ha podido observar por las pruebas aportadas por la policía tras los continuos registros, pero no es esto en lo que se basa mi alegato de inocencia, señoría, ya que, como he insistido en varias ocasiones, lo que ha movido mi espíritu, y que ustedes, señoría y señores del jurado, consideran un sacrilegio, es tener la colección más sorprendente, y no me negarán que lo he conseguido, valga la modestia, y quiero dejar claro que el fin es epatar a mi sucesor, para que cuando llegue su turno se encuentre en la disyuntiva de renunciar a seguir con la tradición o buscar algún elemento coleccionable que sea mejor que el mío, cuestión difícil por otra parte, y permita que sonría, sé que usted se está preguntando qué ocurre si no existe ese primogénito, quién continúa con el rito, no existe ningún problema, todo está controlado, ya sabe que yo no tengo hijos, por lo tanto la tradición indica que debe recaer en el primogénito de mi hermano mayor, el pobre ya se está devanando los sesos para encontrar un objeto curioso que supere a los míos, no me gustaría estar en su lugar porque sé que es una tarea ardua, de hecho, mi colección de libros raros es de las mejores del mundo y el último ejemplar, el que me ha traído hasta su presencia y ante este jurado, fue el mayor estímulo para culminar mi labor, no me mire con esa cara, señoría, estoy seguro de que a usted como al resto del jurado les gusta que su trabajo sea perfecto, y yo no soy una excepción, y permita que añada, antes de que se me olvide, que mi idea partió de la lectura de otro libro, qué casualidad, el denominado “La biblioteca del loco” escrito por Edward Brooke-Hitching, que cambió mi visión del coleccionismo, ¡ah!, qué maravilla de descubrimiento, yo que hasta este momento me había paseado como un obseso por las librerías de viejo, analizando ejemplares antiguos, viajando por medio mundo, gastando mi precaria fortuna para crear una colección insuperable, hasta que ese libro llegó a mis manos y me di cuenta de que me quedaba una posibilidad que no había tenido en consideración, y que debía ponerme a trabajar incluso antes de tener el libro más raro jamás escrito: ¡partituras!, cómo no lo había pensado antes, yo, un amante de la música, asiduo a los conciertos, así que me encontré dándole vueltas a la idea, me puse en contacto con una compositora, preciosa, a la que no tardé en seducir, espero que nadie dude de mis encantos masculinos, por dios, que no son menos importantes que mis encantos intelectuales, y ella, sin saber cuál era la verdadera razón de mi interés, se mostró feliz, incluso apasionada, la ingenua, y todo vino rodado, y en nombre del amor se dejó hacer y yo conseguí las partituras más sublimes jamás escritas, pese a lo que digan, pese a la censura, pese a todo, porque ella se dejó en esos pentagramas toda su inteligencia, su experiencia y, aunque por sus gestos sé que les resulta macabro, también se dejó la piel, disculpen que sonría, pero el recuerdo de cómo se gestó esta maravilla me llena de ternura, ¡ah! La sigo viendo sentada al piano, horas, días, semanas, componiendo lo que iba a ser su mayor legado, tan feliz, tan inocente, porque yo nunca le dije en qué iba a consistir esa herencia para la humanidad, y cuando lo finalizó, su felicidad fue un éxtasis,  señoría y señores del jurado, corrimos a abrir varias botellas de vino, del que a ella le gustaba, y ella, henchida de gozo, quiso que su obra se titulara: “La consagración del amor”, un poco cursi me pareció, pero acepté, era imposible negarse, y entre copas y arrumacos el somnífero hizo su efecto y la llevé, con toda mi gratitud hasta el laboratorio que había construido en el sótano de mi casa, cerrado con llave, con la excusa de la conservación de las colecciones familiares y allí, con todo cuidado, tras días y días de trabajo, trasladé las partituras sobre su piel que fueron absorbidas con la delicadeza que requería la composición y, fíjense, estoy satisfecho porque ella sigue estando presente, no solo en estas partituras únicas, ¡ah!, les noto sorprendidos, no deberían, ustedes son personas inteligentes y han adivinado, sí, lo tienen ante sus ojos, mis memorias, el último libro de mi colección, único en el mundo, textos escritos a mano, con plumilla, encuadernadas como las partituras, ¿no creen que es un acto de amor?, ella me lo ofreció todo y yo me limité a tomarlo, sé que me creen un loco, un asesino, un demente capaz de cualquier cosa por llevar mi colección a lo imposible, para que mi sucesor renuncie a seguir con esta pasión desbordante que nos envenena a toda la familia, a que sea consciente de que jamás, nunca, alcanzará la belleza de la mía. Y aquí termino mi alegato, señoría, le ruego que lleven unas flores a su tumba y que, durante ese momento, suene alguna de sus sublimes composiciones.





viernes, 24 de septiembre de 2021

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL- LA BIBLIOTECA

 

Desconozco si los sueños tienen caducidad. Este, el de llevar una biblioteca pequeña, puede que sí. El tiempo tiene la palabra. El tiempo, las circunstancias, las ganas.

La lectura, dicen, lleva a la escritura. Los libros, la sensación de abrigo que producen, llevan a querer rodearse de ellos, de las palabras que contienen, de las historias que nos han hecho sentir que hay otros mundos distintos al que vemos a diario.

Me gusta, disfruto estando en esta habitación. Los libros no hablan en voz alta, dan paz. Algunos días me da tiempo a escribir o corregir si no viene nadie. Las ventanas dan a un espacio grande, un campo de fútbol, donde juegan los jóvenes, donde ligan, fuman y hacen lo propio de su edad. Hay árboles que dan sombra en verano y, si hay brisa, acompañan con su melodía.

Tengo una media de diez lectoras. Este verano, por suerte aumentó el número. Ahora está todo parado. En los pueblos el tiempo se mide por el trabajo del campo, por las cosechas. Y ahora es tiempo de vendimia. Cuando acabe, regresarán, como las aves que migran. Y volveremos a hablar de las lecturas que nos gustan, las que no. 

Nadie me obliga a estar aquí, nadie me ha presionado para que me haya encargado de una actividad que no siempre está bien considerada. Hay mucha gente que no lee. Me han llegado a decir que, igual que a mí me gusta leer, a ellas les gusta ver culebrones turcos. Todos somos libres de escoger nuestras debilidades.

También es cierto que, algunas veces, la menos, me siento desamparada. La biblioteca está un poco alejada del núcleo urbano (en el caso de una aldea, ese núcleo no es inabarcable). No hay ningún cartel que indique su ubicación, como sería el caso de una farmacia o el horno del pan, o la carnicería. Una biblioteca no está incluida entre los productos de primera necesidad. No para mí, claro.

Todo se andará. En este momento, hay 1.050 libros. Una cantidad considerable teniendo en cuenta que todos han sido donados. No hay presupuesto para comprar novedades, ni libros de segunda mano. Hay que lidiar con lo que hay. Hasta con el olvido de aquellos que la impulsaron.

Y con lo que hay, hemos podido hacer charlas con autoras, una presentación y alguna más que vendrá porque, en el fondo, las lectoras tienen ganas de conocer a la persona que hay detrás de ese nombre de la portada. 

Lo que siempre queda es la satisfacción de que alguna de las lectoras te den las gracias por acercarles los libros. Eso compensa cualquier momento de desesperanza. 

He de poner algún ambientador para quitar el olor a cerrado. 





 


sábado, 2 de enero de 2021

El nuevo orden mundial

 










Valencia. Año del señor de 2070

—Manolo. Las ocho.

La luz de la cámara, en un rincón de la habitación, parpadea. Manolo se levanta, va al cuarto de baño. De la cocina llega el aroma del café, con fondo de achicoria, hecho en el puchero.

—¿Qué te toca hoy?

—Pato de estanque. Lo odio.

—¡Schsss! Deberías cuidar lo que dices. Ya sabes que… —y le señala la cámara.

Manolo asiente. Se toma el café y se marcha al dormitorio. Minutos después, da un beso a su mujer y se despide.

Manolo va caminando hasta el parque central. Las calles están silenciosas. Los coches aparcados y cubiertos de una pátina grisácea brillante. En el centro del parque se reúne con su jefe de grupo. Éste, vestido de sauce llorón, da las instrucciones pertinentes: —los patos, al estanque. Los árboles, venid conmigo que hoy nos toca la esquina izquierda. Los niños pequeños, ale, a correr por ahí, a dar por saco.

Desde que se decretó la emergencia mundial debido, entre otras causas, al cambio climático, el nuevo estado europeo, dirigido por la presidenta Grettchen, gobierna con mano dura. La subida del nivel del mar obligó a los habitantes de las ciudades costeras a desplazarse hacia el interior del país, convirtiéndolas en la nueva España vacía.

Manolo y sus compañeros, antes de comenzar la tarea diaria, se detienen ante una valla publicitaria. Leer en voz alta las ordenanzas forma parte de las obligaciones como ciudadanos del nuevo orden.

—Te toca, Anselmo.

—¡Cuac!

 Yo, Grettchen Thunderberger und Gustafsson.

«Ordeno.

Que, los habitantes de las ciudades que sean considerados aptos, física y mentalmente, se pongan a disposición de las autoridades para realizar labores humanitarias en beneficio de la sociedad con el fin de evitar que los más vulnerables: enfermos, ancianos y niños—, se sientan desubicados y caigan en una depresión.»

 —Me lo sé de memoria.

—¡chss! No te quejes, que puede ser peor— le reprende Anselmo en voz baja.

—Siempre se me olvida —se disculpa mirando de soslayo hacia una de las cámaras. —¿Qué te toca mañana, Anselmo?

—Bebé de teta.

—¡Joder, qué suerte!

—A mí me toca hacer de perro. Acabo hecho polvo, te lo juro.


Microrrelato incluido en el libro "2070- Relatos líquidos" publicado por Bibliocafé


(Imagen tomada de internet)


martes, 15 de diciembre de 2020

Hay algo en el desván

 


 

Adoro la oscuridad. Y bajar las escaleras y percibir la inquietud de los vecinos. Y el olor de los sueños ajenos. El aroma del miedo: dulzón e irresistible.

Los niños me sonríen. Aún son capaces de percibir lo extraño y sus padres les preguntan que si tienen un amigo invisible.

Esta noche voy a entrar en el quinto. Esa casa fue la mía. Son nuevos y nada saben. Tienen gemelas. Indistinguibles. Y duermen en mi habitación, donde todo sucedió, donde queda el recuerdo. Presiento en ellas ese fondo inquietante que tanto me gusta. Creo que nos vamos a divertir.

 

 

Microrrelato finalista (reciclado) para el concurso del Ayuntamiento de Godella.


(Imagen tomada de internet)

martes, 13 de octubre de 2020

El Charly

 


Al Charly lo sienta la hija en medio del patio de la casa, frente a la puerta de la calle y de espaldas al monte. Le dice que allí es el mejor lugar, el más ventilado, donde el sol es más cálido. Espera, en su cortedad mental, que venga una ventolera de esas que bajan del monte se lleve al viejo al otro barrio, donde debía de estar hace años. Lo que no comprende la hija es que el viento seco está amojamando al Charly y que no se puede desear lo imposible.

El Charly ha sido siempre un «picha brava». Hasta bien cumplidos los ochenta años, antes de que le retiraran el carné de conducir por saltarse todas las señales, pululaba por los puticlubs de la zona, deslumbrado ante tanto seno turgente, toquiteando culos y muslos, mientras con la boca pequeña añoraba a su pobre mujer.

Pobre mujer, una bendita, que no se enteraba o no quería enterarse de las correrías de su marido. ¿Sabría ella que allá en la finca donde trabajaba como bracero se follaba a la hija tonta del capataz? ¿Sería capaz de imaginar la escena de la muchacha, apoyada en el carro, mirando pa Cuenca, comiendo pipas, mientras el Charly se calzaba la bolsa vacía y con esa picha brava se la trajinaba día sí, día no?

Ya se cuidaba el Charly de que no le llegaran las noticias a su pobre mujer.

Ahora se le ha quedado cara de lelo, de bacalao seco. Cuando alguien lo saluda lo mira con esos ojos de pez muerto, achicados entre unos surcos renegridos, sonríe, levanta la mano, la mueve en silencio y llama a la hija.

El Charly no tiene prisa en morirse, en reunirse con su pobre mujer, aunque hace años que decía que le quedaban cuatro días. El yerno está pensando en cambiarlo de sitio, quizás cerca de la chimenea ahora que se acerca el invierno. La leña, ya se sabe, chisporrotea, saltan pequeñas ascuas y el viejo está impedido.

Zenda #historiasrurales



jueves, 8 de octubre de 2020

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL. El otoño

 Han empezado a cambiar los colores del monte, de la vegetación. Las hojas del cerezo van cayendo poco a poco cada día. 


Las viñas, al carecer de fruto, entristecen. 


Adquieren unos colores opacos, entre el granate y el marrón. Cuando les da el sol de frente, ese granate se torna en rojo anaranjado. 





Los frutales también acusan el cambio de estación, aunque no haga frío todavía. Baja la temperatura nocturna pero el sol sigue calentando aunque sin molestar.




Me gusta esta época, hasta el cielo parece diferente. Tiene una luminosidad distinta a la del verano. Las puestas de sol son espectaculares. Una gozada para la vista mientras se camina por el monte. 




Da más ganas de recogerse a leer, a escribir o a cualquier otro menester dentro de la casa.



sábado, 15 de agosto de 2020

DIARO DE UNA ESCRITORA RURAL. A la fresca



El viento suele  cambiar a Levante, el solano como lo denominan aquí, sobre las ocho de la tarde.

A esa hora salimos a la fresca. La vecina de enfrente saca varias sillas. Poco a poco nos vamos incorporando al llamado "guasap de la cochera". Hacemos corro, guardando las distancias, con la mascarilla lista en la oreja por si pasa la Benemérita. Uno de los vecinos apoya la silla en el sitio más inverosímil de una acera sin asfaltar, algún día se caerá y a ver quién lo levanta que tiene 82 años. Lo amenazamos y él se ríe. 

Salir a la fresca es una de esas costumbres que todavía no se han perdido en algunos pueblos. Nuestra calle goza del privilegio de ser amplia y tener límite con el monte. El viento corre a sus anchas. Mantenemos este hábito veraniego durante los meses de julio y agosto, antes de que comience la vendimia. Durante ese tiempo nos reunimos entre cinco y seis personas.

Las conversaciones se solapan, derivan incluso en monólogos, como los del vecino que se sienta como si fuera equilibrista, que suele retroceder al pasado para contarnos sus batallas con el camión, sus viajes por todo el país, sus comidas en tal o cual restaurante, no importa el tema, no importa quién esté hablando, no importa nada. Él monologa hasta que su mujer le dice que es imbécil. Y que hoy tenía el azúcar por las nubes.

Los niños, uno o dos, corretean por la calle, por el trozo de tierra que lleva al monte. Se suben al montículo de arena, caen, se levantan. Una de las tertulianas le grita al niño: no corras, te vas a caer, quítate de ahí, que viene un coche, a la acera, te vas a ensuciar, ven aquí, estate quieto. El pequeño la ignora, como es su obligación y sigue corriendo, manchándose y disfrutando.

Sacamos una escalera plegable de tres peldaños, blanca y la ponemos en la esquina de la casa. Suple a la señal de tráfico de: peligro, hay gente. Es la única manera de contener la velocidad de los insensatos. Contener al fitipaldi del vecino, al niñato con carnet recién estrenado, al tractor que se cree Porsche. Porque aquí la gente va en coche a todas partes. Sin miramiento.

Siguen las conversaciones a dos bandas, a tres, o en perpetúo monólogo. Hablamos de la vida, de la muerte, de los mosquitos, de los bulos, del miedo a esta pandemia. Se resuelven misterios, se comentan intimidades, se desmienten historias, se presume de hijos, de lo ecológicos que son, que sólo comen productos naturales o desnaturalizados. Pasan vecinos que van de paseo, saludamos, hablamos del tiempo, con la mascarilla puesta, de lo caro que está todo, de que el casoplón sin terminar del vecino se nos va a caer encima, de la próxima cosecha, de lo bien que cocinamos.

Dentro de poco se marchará la gente. El pueblo volverá a la normalidad, dentro de esta anormalidad presente, los paisanos se encerrarán en sus casas, con las luces casi apagadas y la televisión encendida, las estufas en marcha. Y la aldea parecerá que no existe, que es un sueño helado, neblinoso. Y olerá como olían los pueblos no hace tanto años. 



martes, 30 de junio de 2020

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL

Ha llegado el tiempo de baño. 
Desde hace unos años vamos a la piscina municipal. 
O al Cabriel, el río fronterizo entre la Comunidad Valencia y Castilla- La Mancha, que baja siempre limpio y frío.
El río, la rambla, donde nos bañábamos de pequeños, la que da nombre a la comarca, es un lugar insalubre. 
Cuando paso cerca, camino de mi huerta, desvío la mirada hacia la derecha. Al final de una cuesta está el antiguo lavadero. Viejo, derrotado por el tiempo, como un animal tras una cacería. Del edificio quedan las paredes y parte del techo de tejas. El interior estaba anegado de barro la última vez que lo vi.
Quedan las pilas de lavar, desgastadas por el uso y las tablas de piedra. Quizás ahora ni siquiera eso. Una vecina quiso, soñó, que pudiera ser reconstruido. Pero es imposible. Hay construcciones que recuerdan los años duros, la pobreza y es preferible dejarlos así. Nadie parece enorgullecerse de ello.
Esa cuesta la subía en verano con mis primas. Mis tías, las primas hermanas de mi madre, lo hacían a diario, hiciera frío o calor.
Mientras las madres lavaban, nosotras nos bañábamos en el agua clara, donde nos refrescábamos del intenso calor seco del verano del interior de la península.
El ascenso por aquella cuesta se hacía pesado. En pocos pasos, el fresco recogido en el cuerpo se transformaba en sudor. Las mujeres cargaban con la ropa limpia. En la mula, creo recordar, cargaban los botijos y los cántaros en los serones. 


Más alejado del pueblo, siguiendo el cauce de la rambla, llegábamos a unas pozas (tollos) en medio de la montaña. Entonces había unas pequeñas cascadas. Más adelante, un molino antiguo, también derruido
A los lados de la cuesta, antes de entrar al pueblo, había eras. 
Nada se parece ahora a aquello. El progreso, dicen. 
La rambla es un sitio lleno de mosquitos. Un cañaveral donde anidan, dicen, unos pocos animales acuáticos. En verano, hiede. 
Todos los residuos humanos y agrícolas van a parar a ese pequeño cauce.
En los márgenes hay cascotes de obras, sacos, de tierra, desperdicios que el viento trae y lleva.
La rambla se ha convertido en una depuradora. A la espera de las lluvias y que una avenida arrastre consigo lo que el ser humano trastoca.
Tenemos una hermosa piscina. 
Con cloro y depuradora. 
La felicidad.




miércoles, 24 de junio de 2020

DIARIO DE UNA ESCRITORA (cada vez menos) RURAL.


Echo de menos a la Eulalia, la pregonera. 
La Eulalia era una mujer menuda, recogida sobre sí misma, vestida de negro, hasta el pañuelo que tapaba sus canas. Cuando había pregón, se situaba en las esquinas de varias calles, en la plaza, a la puerta de la iglesia, hacía sonar la trompetilla y salíamos a escuchar lo que tenía que anunciarnos.
La Eulalia murió hace muchos años. El progreso la sustituyó por altavoces repartidos por la aldea. Es más acertado decir: mal repartidos.
Desde el centro social se emite el mensaje, precedido de una sintonía que se repite tres veces, que lee una mujer del pueblo.
Hay dos sintonías ya consolidadas. 
Si se trata de un fallecimiento, suena José Manuel Soto (sí, el mismo, ese que se salta el confinamiento cuando le sale de los cataplines)
Si tenemos mercado ambulante, ya sea fruta, melones, sandías, patatas o bragas de dos euros, nos avisan a través de Estopa.
Echo de menos a la Eulalia porque se le entendía mucho más que a la pregonera actual. Hoy no nos hemos enterado muy bien de lo que ha dicho. No sabemos si ha cesado el hornero o se ha muerto. El caso es que no había pan.
La mujer vocaliza mal, lee sin ganas, sin énfasis, en un tono plano y nasal que hace que sus palabras desaparezcan en las vibraciones de los altavoces.
El hornero no se ha muerto. Quizás lo han cesado. 
El lunes vino la Guardia Civil a por él. Comentan que acusado por su mujer de malos tratos.
Y luego dicen que aquí nunca pasa nada.


domingo, 14 de junio de 2020

DIARIO (ABANDONADO) DE UNA ESCRITORA RURAL


Me preguntan, ¿cuándo vuelves a Valencia?
Se extrañan de mi respuesta: No lo sé, no tengo ganas.
Sé que mucha gente no lo entiende. ¿Cómo es posible que prefiera vivir en una aldea que en la ciudad?
En un lugar donde no hay nada, donde nunca pasa nada (y no lo digo por mi novela)
Y yo les digo que están equivocados. Allá donde hay gente, siempre ocurre algo.
Hemos tenido un confinamiento tranquilo. Todos o casi todos, hemos respetado las normas, las instrucciones, las distancias físicas. La parte social ha sido compensada por las redes sociales, por las colas para entrar en el supermercado, en la carnicería o en la farmacia. En esos momentos llegaban las conversaciones, los estados de ánimo, los chascarrillos, las ganas de hablar.
En algún momento añoré tener un perro. Era la excusa perfecta para salir a pasear. Curiosamente, en un pueblo como este, a los perros se les abre la puerta de la casa y cagan y mean donde se les antoja. A veces, debajo de mi ventana.
Alguna vez nos hemos escapado. Hemos salido por una senda hasta el montecillo cercano. En silencio, como delincuentes, escondiéndonos detrás de las matas al escuchar el sonido de un coche. Pocas veces, en realidad.
Cuando paro de teclear, giro la vista hacia mi derecha y veo el monte. Está verde, mucho, más que otros años. Quizás haya sido la ausencia de huellas humanas o la lluvia de abril. También veo dos moscas, habitantes insistentes de este inicio de calor. Veo las nubes, el cielo azul. Los buitres cuando sobrevuelan a tanta altura estos cielos sin aviones.
Esta es la parte poética. 
¿No echas de menos ir al cine, al teatro, a las presentaciones de libros?
Nos olvidamos de que existen las carreteras, los coches, los autobuses.  Y que las distancias no son insalvables. Que vivir en una aldea no significa aislarse del mundo. Ya no. 
Aquí también hay material para escribir. Ver pasar a un chaval en bicicleta, con un pozal colgando del manillar, oliendo a oveja y con el móvil en una mano escuchando a Joselito a todo trapo, no tiene precio.


viernes, 29 de noviembre de 2019

PARA EL BIC NARANJA - Los viernes creativos



LOS PELIGROS DEL CHOCOLATE


Frederich von Nestle tenía una capacidad absoluta para el ensimismamiento. De ahí que afirmaran que tenía la cabeza llena de pájaros. De hecho, cuando Frederich reía el sonido que emitía se asemejaba al piar del pájaro carpintero. Intrigado por esta afirmación, marchó a Austria a estudiar con el insigne profesor Freud. Y, para su sorpresa, éste confirmó esta teoría.
Terminados sus estudios de neurología y psicoanálisis, regresó a Suiza. Allí instruyó a su propio equipo para que le realizaran, con la anestesia necesaria, una trepanación. Nada más levantar la tapa de los sesos, observaron una capa de nubes alpinas de las cuales salieron volando tres pájaros exóticos, o eso pensaron los suizos. Decir exótico y suizo es un oxímoron.
Frederich, obviamente, no resistió la operación. Sin embargo, uno de sus alumnos, más espabilado que el resto, como buen suizo, prefirió dedicarse a los negocios del cacao. De ahí, el peligro que conlleva chocolatear en exceso la leche.



lunes, 21 de octubre de 2019

DIARIO DE UNA ESCRITORA RURAL (IV o V o XVII)



No hace mucho, una amiga me comentaba que mi pasión al hablar de los pinos, del monte, de la huerta o de mis recuerdos infantiles, no era una impostura de fin de semana, como esas gentes que hablan de las bondades del mundo rural por haber pasado unos días en una casa con encanto, haber visto cuatro ovejas, dos vacas y regresar con el cuerpo comido por los mosquitos.

Nadie duda de la importancia de mantener nuestras raíces, lo vemos constantemente en estos últimos días. Como también hay quienes renuncian a ellas. Tan válido es una postura como la contraria. 
Todo tiene ventajas e inconvenientes. Pero si me dan a elegir entre la ciudad y el campo, lo tengo bastante claro.
Provengo, como tantos y tantos españoles, de una familia nacida en una aldea, en un pueblo, en un lugar apartado de las ciudades. De una familia que emigró para poder sobrevivir porque el campo no les daba de comer.
Emigró mi abuela y sus hermanas. Marcharon a Valencia a trabajar, a servir, que era para lo que eran contratadas las muchachas de campo, la mayoría de ellas sin saber leer o escribir. Años después lo hizo la madre. 
En la ciudad nació mi madre. Y nací yo.
Pero nunca abandonamos (excepto mi bisabuela, que todavía le sabía a pan negro y hambre los recuerdos de su aldea) el lugar que las vio nacer o crecer.
Yo no he vivido, ni vivo, de los trabajos del campo excepto por placer. Quizás, si mi familia hubiera dejado tierras, el asunto hubiera sido diferente y hoy sabría llevar un tractor, o no. Y tendría viñas y hacienda.
Los pueblos se fueron vaciando hace décadas y pocas cosas se han hecho al respecto. 
En este mío no tenemos Ayuntamiento. Es una pedanía y, como tal, dependemos de una población más grande. Pagamos los correspondientes impuestos pero apenas recibimos compensación. El alcalde pedáneo se elige por votación popular. Este año casi la lían.
Sé que a mucha gente el ambiente de una aldea, donde todos nos conocemos, donde la mitad es familia de una cuarta parte y el resto de la otra, puede resultar agobiante. No digo que no. 
La diferencia es que aquí te saludan, te comentan, te preguntan. Y de ti depende lo que quieras contar o comentar o responder. En la ciudad recurrimos al estado del tiempo cuando subimos en el ascensor con un vecino al que puede que ni siquiera conozcamos.
Cuando hicimos el seguro de la casa nos preguntaron si teníamos alarma. Sí, el vecino de enfrente, les respondimos.