Cuando se abrieron las puertas del ascensor, él estaba allí: muerto.
Me dio un
susto de espanto. Durante unos instantes creí que se trataba de una de sus
bromas. Pero no se movía, ni parecía respirar. Con la punta del zapato le di un
suave golpecito en el pie derecho. No se inmutó. Esa quietud hizo que me
atreviera a aproximarme unos centímetros más. Le volví a dar otra patadita.
Nada. Inmovilidad absoluta.
Estaba muerto,
no cabía ninguna duda. Estaba muerto, tirado en el suelo del ascensor de una
forma absurda, tal como la muerte lo había dejado caer, como si se hubiera
resbalado hasta el suelo lentamente para no hacerse daño. El cuerpo estaba
doblado hacia la izquierda, en posición gimnástica. Los brazos apoyados en el
linóleo del ascensor, dando la impresión de que se hubiera querido sujetar
antes de la caída. La cabeza la mantenía ladeada hacia el otro lado, relajada,
definitivamente resignada ante lo inevitable y los ojos abiertos, espantados.
El susto de
verlo allí me mantuvo indecisa el tiempo suficiente como para que las puertas
del ascensor empezaran a cerrarse. Pensé que alguien lo había llamado. Del
susto pasé a la turbación, ¿Qué hacía con él? ¿Lo sacaba del ascensor? ¿Llamaba
a una ambulancia? ¿A los bomberos? ¿A la policía? Todo pasó en décimas de
segundo. De la turbación pasé al miedo, y debió ser eso lo que me impulsó a
oprimir el botón del ascensor para evitar que alguien me lo robara. Respiré con
alivio cuando las puertas se abrieron de par en par. Él apareció de nuevo. No se había movido, por
supuesto. Entonces puse una pierna ante la célula fotoeléctrica. De esa forma,
mientras pensaba, las puertas permanecerían abiertas y él estaría allí conmigo,
a mi vista. Lo contemplé. Lo contemplé como a alguien cercano pero lejano en el
tiempo, en el recuerdo y en los sentimientos, como a uno de los muchos muertos
que contemplamos a diario en la televisión, con esa frialdad a la que obliga la
costumbre. Ni siquiera me molestó que tuviera los ojos abiertos, ni pensé que
me pudiera estar observando desde el otro lado del abismo que nos separaba.
Si de la sorpresa había pasado a la turbación y después al miedo,
ahora mis sentimientos fluctuaban de aquí a la alegría, de la alegría al pánico
y del pánico a la sonrisa. El absurdo punto de inflexión entre la vida y la
muerte me produjo ganas de reír. Y me salió una carcajada nerviosa que se apagó
enseguida. Él seguía allí, en el suelo del ascensor, con el cuerpo
descoyuntado, ajeno a mis vacilaciones y cambios de carácter. El cuerpo
duplicado en el espejo, a su espalda, como dos siameses imposibles. Yo,
mientras, con la pierna doblada en el marco de la puerta, frustrando el efecto
electrónico de la célula. Lo miré con detenimiento. Tenía la camisa arrugada,
con lo que me había costado plancharla. Por lo demás, nada parecía denotar que
hubiera sufrido una muerte repentina. ¿Le habría dado un infarto? Lo más
probable.
Y volví a
reír. Tantos años deseando que eso sucediera, largos años de darle vueltas a
esa idea y meditando al mismo tiempo qué haría yo si eso pasara y ahora, de
improviso, la situación caía en mis manos y me daba un ataque de risa.
Por el hueco
del ascensor escuché una voz enfadada que lo reclamaba.
Deslicé la
pierna hacía atrás con suavidad. La célula fotoeléctrica emitió un débil
destello. La luz roja del botón de llamada se encendió y observé con una
sensación de liberación cómo las puertas se cerraban y mis problemas
desaparecían de camino al cielo.

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